Para los que no se atrevieron a ir más allá de un sólo click. Más fácil todavía. Punto y ¿final? El relato. Elloboestaaquí design

PUNTO Y, ¿FINAL?   
El hombre del bigote metió la Beretta en la guantera y dio por terminada la limpieza de su flamante Dodge negro. Consultó el reloj y su expresión se ensombreció al mirar hacia la puerta de la casa. Detestaba la impuntualidad. Definitivamente, pensó, su esposa era una verdadera estúpida. Hizo sonar el claxon. Una vez. Dos. Tres. La mujer entró en el auto al cabo de unos segundos. No encontraba nada que ponerme, se disculpó ella. Te dije que te pusieras el vestido que te regaló mi vieja por tu aniversario, masculló la enronquecida voz de él. El rugido del motor del Dodge engulló la respuesta de Graciela Marchioli, mientras el coche comenzaba a acelerar por la calle. He de ver a alguien, escupió el hombre del bigote. Sus ojos apenas parpadeaban tras la oscuridad de los cristales de sus Ray-Ban y la mandíbula se le enmarmoleció bajo el vello de las patillas que flanqueaban su rostro. No comprendo por qué tienes que trabajar hoy, continuó diciendo la mujer. Todavía vamos a llegar tarde a misa. Su marido no se dignó a mirarla, pero replicó que a dios no le importaría y que la aguardaría en la iglesia. Después, disminuyó la velocidad del auto hasta detenerlo en una avenida vallada de casas, detrás de un Ford Falcon verde estacionado. Las aceras se poblaban de una festividad frondosa de olmos que sombreaban la calle. Apenas se veía un alma en aquella mañana de domingo. El motor del Ford Falcon verde se encendió. La mirada del conductor relampagueó en el espejo retrovisor un instante antes de emprender la marcha y virar en redondo unos metros más adelante. Tres hombres. Chaquetas de cuero. Cabellos rastrillados hacia atrás. El hombre del bigote salió del Dodge negro y abrió el portón trasero del maletero. Luego, Horacio Ramírez Espósito y su bigote volvieron a pasar por el costado del auto y cruzaron la calle. Su caminar era el mismo que cuando salía a comprar el periódico por las mañanas. Como si se tratase de un bebé, Espósito sujetaba en sus brazos lo que su mujer no supo identificar como un fusil o una ametralladora. Con la boca abierta, ella se adelantó en su asiento hasta situar su rostro muy cerca del parabrisas, y contempló cómo su marido llamó a la puerta de la casa y esperó. La puerta se entreabrió y Horacio Ramírez Espósito volcó todo su peso sobre el hombro y entró en el interior de la vivienda de un empujón. La calle estaba desierta en ese momento. El trinar de los pájaros sonaba límpido amparado por la venialidad otoñal de aquella mañana. Las manos de Graciela se aferraban al salpicadero y el sudor corría bajo las yemas de sus dedos. Los disparos la sobresaltaron. El silencio se hizo en la calle. Al cabo de un momento, su marido salió de la casa y comenzó a caminar hacia el coche. Una mujer salió de la casa pidiendo auxilio. Espósito se giró sobre sus talones y Graciela observó cómo su marido la encañonaba con el fusil o con la metralleta, y cómo éste le descerrajaba un disparo que desintegró buena parte de su cabeza en el aire. La mujer cayó fulminada al suelo, sobre un charco de sangre y coágulos esparcidos delante de la casa que había compartido con su marido y sus hijos. Tras un momento contemplando el resultado de su obra, Espósito se encaminó sin prisa hacia el Dodge, sujetando el arma con impunidad animal. Su figura bordeó el Dodge por un costado y guardó el fusil o la ametralladora en el maletero. El cuerpo petrificado de Graciela Marchioli temblaba en su asiento. Contuvo la respiración y, por un instante, un instante que, años más tarde, en la declaración adjunta del sumario de una sentencia indultada por la Punto y final, Graciela Marchioli recordaría como el instante más largo de su vida, el tiempo pareció detenerse en el interior del Dodge negro. La portezuela del auto se abrió, y Graciela sintió como si la puerta del infierno se hubiese abierto de par en par para ella. Ya podemos irnos, anunció el hombre del bigote. Graciela no dijo nada. Tenía la impresión de que una barra de hierro le atravesase de un lado a otro la garganta. Se limitó a temblar y a castañetear los dientes, espeluznada. Los ojos como dos grandes platos, encarnecidos como dos soles moribundos. Vitrificados. Espósito la observó y se quitó las gafas para ver cómo la orina de su mujer le empapaba el vestido y corría en incontables regueros tibios sobre el reluciente cuero del asiento. Horacio Ramírez rebuscó entre los bolsillos de la chaqueta y sacó un paquete de cigarrillos. Encendió uno y la fumarola que sucedió al crepitar de la ceniza, se deshizo hasta terminar disolviéndose en una espesa neblina. Luego, se colocó de nuevo las gafas e hizo arrancar el motor del Dodge con un bramido que se hendió en el silencio amargo de la calle. Horacio Ramírez Espósito miró a su mujer de refilón y le dijo, Ya puedes darle las gracias a dios de que tengas limpio el vestido que te regaló mi madre, cuando lleguemos a la misa.      
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